La realidad, nada más

06/Nov/2015

El País, Ecos- por Eduardo Kohn

La realidad, nada más

Dr. Eduardo Kohn
El presidente de la Autoridad Nacional Palestina Mahmoud Abbas escribió en 1982 su tesis doctoral, la cual fue “La conexión secreta entre los nazis y los líderes del movimiento sionista”.
En su libro de 1983, “El otro lado: la relación secreta entre el nazismo y el sionismo” basado en la tesis, Abbas negó que seis millones de judíos murieran en el Holocausto, diciendo que es un “mito” y una “fantástica mentira”. A lo sumo, escribió, 890 mil judíos fueron asesinados por los alemanes. Abbas afirmó que el número de muertes se ha exagerado con fines políticos.
Y agregó: “Parece que el interés del movimiento sionista, sin embargo, es inflar esta cifra de modo que sus ganancias serán mayores. Esto los llevó a enfatizar esta cifra a fin de obtener la solidaridad internacional de la opinión pública con el sionismo”.
Treinta y dos años después, los antecedentes ideológicos de Abbas se han querido enterrar bajo el manto de que “es un líder que lucha por la paz y el bienestar de su pueblo”.
Al comenzar el Año Nuevo Judío en septiembre pasado, Abbas hizo una larga declaración, muy alejada de la paz y del bienestar de nadie. Dijo públicamente: “Cada gota de sangre derramada en Jerualem es pura, todo mártir alcanzará el paraíso, y cada persona lesionada será recompensada por Dios”, y agregó: “La mezquita de al-Aqsa es nuestra. La Iglesia del Santo Sepulcro es nuestra también. No tienen derecho a profanar la mezquita con sus sucios pies; no vamos a permitir que hagan eso”.
Nadie ha discutido que Al Aqsa es un lugar santo musulmán. Nadie que no sea musulmán entra a la mezquita. ¿Por qué mintió Abbas? ¿Vale la pena hacer una larga disquisición del por qué de una política de mentiras? Pensamos que no. La realidad es más fuerte que un análisis teórico.
La realidad indica que desde el momento en que Abbas hizo esa declaración impropia de quien al menos cree que dirige un gobierno, lo que sucedió fue muerte y violencia, consecuencia casi automática de la incitación. Hasta el día de hoy (martes 3 de noviembre), en menos de dos meses, 11 israelíes murieron y 135 resultaron heridos, 14 de los cuales tuvieron lesiones graves.
Se produjeron 57 atentados con cuchillos, cinco con disparos y seis ataques con vehículos. La lista excluye los ataques que pudieron ser evitados por efectivos israelíes y aquellos en los que nadie fue herido.
En sus intentos de atacar israelíes, 60 terroristas fueron abatidos.
Autoridades de las Naciones Unidas con un dudoso sentido del humor, llegaron a Israel y conminaron a que no se haga un “uso desproporcionado de la fuerza”. O sea que mientras un terrorista de 19 años apuñalaba a una señora de 80 años en plena calle de un barrio aledaño a Tel Aviv el lunes 2 de noviembre, la gente que estaba cerca debió haber mirado y aplaudido al asesino según el pedido de la ONU.
Pero la realidad no es un cúmulo de frases banales pronunciadas desde la comodidad de los escritorios. La realidad es que después de la incitación, crece el odio, y después de ello, nace una cadena de muertes que hoy no parece tener final cercano.
Abbas cumple lo prometido: el que asesina judíos por la calle, no importa si es un bebé o una señora de 80 años, es un mártir: habrá plazas y calles con su nombre y su familia será recompensada.
Las autoridades de Israel cumplen su obligación: tratan de defender la vida de sus ciudadanos. Pero hay quienes no aceptan ese derecho.
En Siria murieron 4000 civiles sólo en los últimos 30 días. Algunas potencias bombardean indiscriminadamente: 1400 ataques en este último mes. Da lo mismo: ISIS sigue tan campante y los civiles caen como hojas de árboles en otoño. El dantesco escenario sirio no es desproporcionado para los que opinan con la fuerza de sus armas y sus vetos.
Pero, para determinadas potencias, desproporcionado es que un Estado de Derecho defienda a una señora de 80 años de un terrorista que la está acuchillando. La realidad presenta los hechos, y no siempre necesita de estudios profundos. El cinismo y la hipocresía suele mostrarlos tal cual son, y ambos son funcionales para clausurar los caminos a la cordura.